El Shakespeare más cool

Pocas escenas del cine encarnan con tanta piel el arrobo, sentirse encandilado y suspendido por otro, como aquella en la que los jovencísimos Leonardo DiCaprio y Claire Danes son Romeo y Julieta, en la película de Baz Luhrmann y se descubren a través de los colores de una pecera. Hay una fiesta efervescente muy cerca de los protagonistas, pero todo parece haberse detenido. La intimidad de ese segundo, el del encuentro, lo cambia todo.

Barroca y pop, esta atrevida versión de la tragedia shakespereana se estrenó en 1996 (el mismo año en que Kenneth Branagh adaptó Hamlet en un tono totalmente distinto al del cineasta australiano). Romeo + Julieta es una joya visual en la que Capuletos y Montescos, familias rivales a las que pertenecen los amantes, siguen odiándose como en el siglo XVI, pero en una Verona contemporánea llena de smog, entre tatuajes, drogas de diseño, armas, motos e íconos religiosos.

Volví a verla con mis hijos en una sesión de cine de verano, para despedirnos de la Madrid estival: ¿qué mejor para convencerlos de que Shakespeare puede ser cool? Luhrmann habría celebrado el ambiente chill de la cita, organizada por la revista «Glamour». Ante la pantalla montada en el patio con techo de cristal del Palacio de Cibeles, cada espectador siguió la peli a través de auriculares bluetooth, que garantizaban la privacidad de la ceremonia. Cine mudo, no; cine en silencio, pero inmersos en una banda de sonido vibrante y memorable.

Romeo y Julieta, versión Luhrmann. En el póster original de la peli se marca el tono de la adaptación, en una Verona contemporánea. El eslogan es del texto original: «Mi único amor surgió de mi único odio».

Las obras de arte se multiplican en sus ecos. El agua es un emblema tan importante en la peli de Luhrmann que, vista hoy, podría asociársela al «amor líquido», esa noción que el sociólogo Zygmunt Bauman acuñó en 2003 para caracterizar los vínculos interpersonales en la posmodernidad (a la pecera se suman la escena del balcón, precedida por los dos chicos cayendo a una piscina y la pelea en la que Romeo venga en medio de una borrasca alienante la muerte de su amigo Mercutio).

Pero el sentido aquí es opuesto. A diferencia de la fragilidad a la que aludía el maestro polaco, lo acuático del vínculo de estos adolescentes, no se relaciona con lo desechable sino con lo esencial, con cierta llamada indestructible de lo que se siente por vez primera y nos inaugura en la intensidad.

Somos agua en un 70%, dice la biología. El amor de «Romeo + Julieta» es líquido porque lo envuelve todo. Y los define.