¿Cómo puede afectar a Europa la retirada forzosa de Francia del Sahel?

Después de haber sido expulsada primero de Mali y luego de Burkina Faso, Francia ha acabado por aceptar su retirada vergonzante de otra de sus antiguas colonias en el Sahel, Níger. La base militar francesa allí establecida para pilotar las operaciones conjuntas antiyihadistas será desmantelada antes de fin de año.

La tragedia africana de la diplomacia francesa apunta a otra, que desde hace más de una década ya no se puede ocultar. La amplia franja de 5.000 kilómetros que va de costa a costa al sur del Sahara, y que hoy comprende una decena de países en su mayoría ex colonias de Francia, se ha convertido en territorio favorito de los movimientos islámicos que practican la yihad, la ‘guerra santa’. Son filiales de los dos grandes grupos aparecidos en Oriente Próximo, Al Qaida y Estado Islámico (Daesh), con estrategias por tanto distintas, pero con un objetivo común: extender primero por África y luego por el mundo la ‘guerra santa’. Ondean como bandera la doctrina y el modelo político y social que difundieron los primeros sucesores de Mahoma para imponer el islam.

En el cinturón del Sahel los salafistas más violentos han encontrado un filón, que ahora alimentan la inestabilidad producida por los últimos golpes de estado y el sentimiento antifrancés de la población. A la muerte de Bin Laden, Al Qaida se descentralizó y cerró acuerdos con grupos yihadistas africanos. Por su parte, su rival y vástago, Estado Islámico, hizo lo mismo tras el fracaso de su califato sirio-iraquí, y sueña con un segundo intento esta vez en el corazón de África. En el Sahel cuentan con dos poderosos movimientos locales: Al Qaida del Magreb Islámico, vinculado a los salafistas argelinos, y Boko Haram, que ha pactado con Daesh. Junto a ellos figura una lista de grupos más locales y étnicos, que cambian con facilidad de bando.

Cuentan con dos ventajas evidentes, la falta de fuerzas armadas preparadas en todos los países del Sahel -más ocupadas ahora en irse desplazando unas a otras en el poder, quítate tú para que me ponga yo- y la porosidad de las fronteras. Cuando estaban presentes los franceses y sus grandes operaciones antiyihadistas (Serval 2013, Barkhane 2014-2022, Takuba 2020), los yihadistas se movían de un lado a otro. Lo que no ha impedido por ejemplo que en Burkina Faso los salafistas controlen el 40 por ciento del territorio, en particular tras la expulsión de las fuerzas galas.

Pobreza y corrupción

¿Cómo han conseguido tanto poder y fuerza de destrucción, hasta el punto de convertir el Sahel en el territorio mundial con más muertes por yihadismo? En primer lugar por el alto nivel de pobreza en esa decena de países, siempre presente en los informes de la ONU. Pese a su riqueza en minerales, las potencias extranjeras no han invertido en desarrollo. Los poderes políticos, por su parte, viven inmersos en la endémica corrupción. El islamismo -con el eslogan ‘El islam es el camino’- ofrece por tanto a la población una alternativa radical.

La impresión de que la Francia colonial, pese a su presencia de más de un siglo en ese extensa franja de África, solo se ha servido de sus recursos y nunca ha invertido en desarrollo, está hoy más viva que nunca en el Sahel. No solo en el terreno material sino también en el cultural y en el religioso. Basta observar que -a diferencia de lo que realizaron otras potencias europeas en otros continentes- la inmensa mayoría de los habitantes del Sahel son musulmanes, y solo existe un 4 por ciento de cristianos.

La condena del aislamiento

Los militares golpistas en Mali, Burkina Faso y Níger han utilizado también el sentimiento antifrancés de la población, y lo han manipulado para expulsar a los representantes de París. Pero ofrecen más de lo mismo. Además, el aislamiento a que los condena ahora una parte de la comunidad internacional va a acentuar su falta de medios para seguir luchando contra los yihadistas.

Para resaltar el disparate, Estados Unidos, que mantiene una base con 1.000 militares en Níger, se ha atado las manos para no acudir en ayuda de los nuevos regímenes que han llegado al poder, en virtud de una ley que impide a la Casa Blanca relacionarse con gobiernos surgidos de un golpe militar. Solo se ofrece Rusia, que tiene mercenarios de la compañía Wagner en Mali y Burkina Faso, y que, a tenor de su papelón en Libia -cuando no fue capaz de ayudar al rebelde Haftar para tomar Trípoli- solo es para los yihadistas un tigre de papel.